Mishima, mártir de la causa imperial (Parte 2)

Por Francisco Laborde

Segunda entrega: “Introducción a la filosofía de la acción”

“La cultura japonesa total comprende no sólo el crisantemo,
ese objeto “inofensivo” que puede exhibirse pacíficamente,
sino también la espada, la cultura como acción y estilos de acción,
incluidas las artes marciales, el bushido y, principalmente, el terrorismo.”

“Ahora nosotros testimoniaremos ante todos vosotros
la existencia de un valor más elevado que el respeto por la vida.
Este valor no es la libertad, no es la democracia. Es Japón.”
Yukio Mishima 

Yukio-MishimaI. El río de la acción
Quince meses dedicó Mishima a una novela que llamó La casa de Kyoko, una obra mayor, dentro de su distinción entre obras menores y mayores, cuyo protagonista, Osamu, es un boxeador que encarna la filosofía de la acción, que el autor trasladaría luego a sus escritos políticos:
En el centro mismo de su mundo estaba la acción, un golpe efectivo. El pensamiento era lo contrario de la sencillez, de la pureza, lo contrario de la velocidad. Suponiendo que hubiera belleza en la rapidez, en la sencillez, en la fuerza, todo lo feo estaba entonces representado por el pensamiento. Para él era inimaginable que pudiera haber un pensamiento tan rápido como una flecha.
El protagonista sufre una lesión en la mano e ingresa luego a un grupo de extrema derecha. En una arenga grupal, antes de firmar un pacto de sangre (el propio Mishima lo firmaría antes de realizar seppuku), el orador exclama:
(…) vamos a aclarar los ideales del imperio, a elevar el espíritu japonés, a barrer el comunismo, a corregir el capitalismo, y a revisar la constitución que nos impusieron como nación derrotada para eterna humillación nuestra. (1)
En “Mis últimos veinticinco años”, un breve artículo autobiográfico publicado por un periódico de Tokio a tres meses de suicidarse, Mishima se queja del “terrible virus de la democracia de posguerra y de la hipocresía que generó”, y vuelve sobre la distinción entre el río de la acción y el río de la palabra al decir:
(…) los conocimientos sólo me dieron infelicidad. Todas mis alegrías surgieron de otra fuente.
Es verdad que continué escribiendo novelas. Y también numerosas obras teatrales. (…) La literatura no me ha ayudado en absoluto a ser más sabio. Y ni siquiera a transformarme en un maravilloso idiota.
(…) no hay duda de que el haber vivido tranquilamente durante estos veinticinco años de democracia, obteniendo ventajas de ella a pesar de mi desaprobación hiere mi espíritu desde hace largo tiempo.

Mishima y Morita con el uniforme a la De Gaulle.
Mishima y Morita, con el uniforme al “estilo De Gaulle”

En “La Sociedad del Escudo”, un breve ensayo dedicado a los miembros de su ejército, el eje de su arenga está puesto, justamente, en la acción, al extremo de afirmar la irresponsabilidad implicada en toda manifestación artística, tajante distinción entre arte y acción política que realiza en estos términos:
La Sociedad del Escudo es un ejército preparado para intervenir en cualquier momento. Es imposible prever cuándo entrará en acción. Tal vez nunca. O tal vez mañana mismo.
Hasta ese momento, la Sociedad del Escudo no cumplirá ningún otro cometido. Ni siquiera participará en las demostraciones públicas. No distribuirá octavillas. No lanzará cócteles molotov. No arrojará piedras. No hará manifestaciones contra nada ni nadie. No organizará comicios. Sólo participará en el encuentro decisivo.
(…) En efecto en la vida civil me dedico a la redacción de largas, larguísimas novelas, que me parecen interminables. Durante la noche selecciono las palabras una a una, sopesándolas igual que haría un farmacéutico con sus drogas sobre una balanza sumamente sensible para después unirlas. Logro conciliar el sueño sólo cuando ya ha llegado la mañana.
(…) Cuanto más comprendo las sutiles funciones de las palabras, con mayor claridad veo que frente a la realidad el artista es absolutamente irresponsable, como un gato.“ (3)

II. Introducción a la filosofía de la acción
En el ensayo menor que llamó Introducción a la filosofía de la acción, escrito entre septiembre de 1969 y agosto de 1970, Mishima aborda qué entiende por acción. No se engaña, sabe que la palabra no alcanza la explicación: “el autor ha intentado aclarar con un medio inadecuado, es decir, con el lenguaje, lo que sólo se puede expresar de otro modo”. (4)

¿Qué es la acción?
“La acción posee una lógica peculiar. Cuando una acción ha comenzado, su lógica procede implacable hasta el final.”
“La espada japonesa, una vez extraída de la vaina, inicia un movimiento característico, exactamente como sucede con una bala en el momento preciso en que se dispara: recorre una trayectoria inexorable una vez proyectada contra el enemigo. (…) En muchos casos la acción puede terminar sin haber logrado el objetivo para el que estaba destinada, pero siempre debe obedecer a la ley y a la lógica que la obligan a dirigirse en línea recta hacia ese mismo objetivo. (…) Sería imposible para ella distraerse en una actividad secundaria. Esto mismo cabe decir también de la espada japonesa. Aunque no tan rápida como las balas, una vez desenvainada no puede ser guardada sin haber cortado o matado. Cuando no se la extrae de la funda con este fin, la espada japonesa es derrotada y humillada fácilmente.”
“(…) Me parece que todo ello revela la misteriosa naturaleza de las armas.” (5)
“Dado que no puede existir una acción sin un fin, las personas que viven sin ningún objetivo en particular, esclavas de las circunstancias, detestan y temen la palabra “acción”… Si el movimiento no tiende a un objetivo, si está inspirado por impulsos estéticos, se diferencia de la acción y se acerca progresivamente al arte. Como ya indiqué en otro lugar, la gimnasia es la forma más próxima al límite entre el arte y la acción.
“Una característica de la acción es la mínima inversión de tiempo que requiere. (…) [Escribir] “como no es una auténtica acción, requiere de tiempo ilimitado. (…) La acción es rápida, mientras que el trabajo intelectual y artístico impone tiempos extremadamente largos.” (6)

yukio-mishima-1Psicología de la acción
“La acción se realiza con una prontitud que no deja espacio para el pensamiento. La actividad mental es posible sólo antes y después de la acción.
“La fantasía destruye la acción, reduce el valor del hombre y le provoca ansiedad, mientras que es precisamente ella la que genera a la vez la fuerza e incita al ser humano a emprender el acto y la aventura.
“La fantasía nos dibuja de una manera vívida los aspectos más siniestros y angustiosos de la acción que emprenderemos (…). No obstante, en esos momentos decisivos será sólo nuestra fuerza muscular la que podrá sustentarnos (…)” (7)

Los modelos de acción
“A grandes rasgos, la acción puede ser ofensiva o defensiva. Del mismo modo que en los deportes de equipo existe la formulación de ataque y la de defensa, en la acción bélica, al menos según la antigua estrategia, existen el asalto a la posición enemiga y la defensa de la propia. Sin duda es mucho más fácil atacar que defenderse. (…)
“La acción ofensiva es clara y resuelta, y presupone el impulso de motivaciones válidas, la legitimación de la autoridad y el beneplácito de la opinión pública.” (8)

El efecto de la acción.
“(…) pensaba en la acción colectiva y en la acción individual. Cuando la psicología de la muchedumbre tiene un caudillaje, la propia multitud adquiere una fuerza enorme, pero abandonada a sí misma, esto es, privada de un núcleo, se dispersa ofreciendo un panorama de una increíble tristeza. (…) la acción de una multitud debe tener como eje la capacidad directiva de un individuo en particular.
“Para tener éxito, la guerrilla exige un núcleo de indómitos combatientes que no teman arriesgar la vida y que sepan arrastrar las masas, las cuales, por naturaleza, no tienen valor (…)
“(…) no existe una acción más eficaz que el terrorismo, que se propone resultados mucho más radicales y se asienta en el sacrificio individual.” (9)
“Pienso que la esencia de una acción pura consiste en alcanzar el objetivo después de haber bordeado el abismo de la derrota, y que esto representa precisamente el carácter antipolítico de los movimientos que se inspiran en la justicia, y su auténtica separación de la política. Porque esta última confunde el resultado total con el resultado exclusivamente político, como lo demuestra el comportamiento del partido liberal, que hace propaganda del tratado de seguridad con Estados Unidos utilizando cómicos y profesionales en la radio, la televisión y otros medios de comunicación, y que hace coexistir en la gran piscina de la “eficacia” los efectos nobles con los viles. La acción pura, es decir los movimientos que se inspiran en la justicia, deben basarse entonces en principios radicalmente opuestos a los de la política.” (10)

Joven Yukio Mishima y sus preciados libros.

La acción y la espera del momento preciso
“Quien ha tenido alguna experiencia de acción sabe que ésta no es, como imaginamos muchos, una sucesión incesante de emociones. Durante una navegación, el peligro se presenta por primera vez después de una larga serie de jornadas monótonas cuando de pronto se desata una tempestad. Así sucede también en nuestra vida: el nivel de riesgo no se eleva hasta que no nos encontramos cara a cara con el peligro. La vida es un baile en el cráter de un volcán que en algún momento hará erupción. Por tanto, también en la acción correspondiente a la aventura están presentes el tedio, la monotonía y la trivialidad de la vida cotidiana. Sin embargo, y a diferencia de ella, la acción posee un objetivo definido, perseguido por una voluntad que trata de eliminar en la mayor medida de lo posible los elementos que impone el destino y que se prepara para la larga espera de la ocasión propicia. Un cazador de jabalíes me contó que cuando uno descubre a su presa en la montaña permanece varias horas a la espera de que descienda. Es imposible imaginar lo penosa que puede resultar semejante espera: y, además, en el intervalo entre la aparición de la presa y el momento en que ésta se encuentra a tiro, uno debe soportar el asalto de múltiples impulsos y mantener el dedo sobre el gatillo sin disparar. En esa espera se condensa la eficacia de la acción. (…) No habría necesidad de esperar la ocasión propicia si no quisiéramos obtener la victoria de un solo disparo. El que no tiene este fin, y acumula acciones sobre acciones, ve disminuir su eficacia, su fuerza y su oportunidad, a la vez que ve diluirse la energía concentrada en repetidas explosiones que no provocan ningún efecto. Esperar la acción propicia equivale a concentrar el tiempo y enfocarlo hacia un instante decisivo.”
“En nuestra historia aparecen como modelos de hombres de acción figuras como la de Nasu no Yoichi. Su imagen surgió de pronto de las olas de la historia en el instante en que tiró con fuerza de la cuerda del arco y desapareció de nuevo entre las olas para nunca más emerger cuando su flecha alcanzó el centro de la diana. El instante en el que dio en el blanco fue apenas una fracción infinitesimal de su larga vida, pero en él se concentró y se consumó toda su existencia. Por supuesto, para cumplir tal hazaña fueron necesarios adiestramiento y paciencia y la capacidad de esperar el momento propicio. De otro modo, Nasu no Yoichi no habría podido, ni siquera al cabo de mil años, despertar la admiración de la posteridad emergiendo de las olas de la historia que todo lo nivelan y revuelven.” (11)
“El tiempo de la larga espera de la ocasión propicia no se aviene bien con las palabras. Quien aguarda el momento oportuno para actuar concentrándose únicamente en las palabras y en los pensamientos inevitablemente fracasa. Puedo ilustrar esta verdad estableciendo una comparación con el zazen, un ejercicio espiritual en el que hay que permanecer sentado durante horas frente a una pared: es en esta represión radical de toda acción, de todo movimiento, en la que se descubre la capacidad de ejercer una presión sobre un resorte espiritual que llega a la verdad esencial de la vida humana. Tal como la acción, también la espera del momento propicio difiere de la palabra. Se trata sólo de un tiempo denso y uniforme, el más atroz de la vida humana.” (12)
“Shintaro Ishiwara escribió un relato titulado La emboscada. En él, describe la espera de un grupo de soldados norteamericanos ante un ataque de los vietcongs, y analiza con viveza la psicología de esos jóvenes que esperan al enemigo en las tinieblas de Vietnam, expuestos a la angustia de la muerte. Tal vez si atacaran podrían vencer. Pero durante la espera, el hombre permanece pasivo y sufre una regresión a un estado de ánimo infantil, pues cae presa de la angustia y de la soledad. Mientras actuamos logramos ser valientes, pero durante una espera pasiva es difícil no dejarse invadir por la inseguridad. Y sin embargo, el valor esencial, el más necesario de la acción, está precisamente en la capacidad de permanecer al acecho en las tinieblas de la muerte y de la inquietud. Somos libres de considerar tenebrosa o luminosa una época determinada, pero si nos reflejamos en el verdadero valor, intuimos espontáneamente cuál debe ser nuestro modo de actuar.” (13)

Proyectar la acción.
“(…) las acciones importantes y eficaces exigen planes cuidadosos.  (…) Por otro lado, un plan no puede regular una acción en un ciento por ciento, ni asegurar su éxito: en ella existe siempre un margen de imponderabilidad.
“No tengo experiencia en combates, pero imagino que no puede superarse semejante prueba con un razonamiento lógico sino sólo con la fuerza espiritual, y que no basta, como parecen creer los norteamericanos, con la presencia de un capitán armado con pistola. El significado espiritual de blandir la espada en el momento del ataque, típico gesto de los oficiales japoneses, era el de testimoniar que sólo la fuerza irracional del espíritu puede superar los límites de los cálculos lógicos y de los planes de la batalla. La esencia de la acción es transgredir con una energía irracional el límite en el que está fijada la racionalidad. Y en esta empresa actúa constantemente el misterioso elemento de la casualidad. Es por ello que los hombres de acción son generalmente supersticiosos y místicos. Cuando se logra superar un obstáculo que racionalmente se consideraba insuperable se piensa que tal cosa ha sido posible gracias a la intervención del azar o a una ayuda sobrenatural. La acción comporta siempre esta casualidad. Inevitablemente, en el instante decisivo, surge una cuota de casualidad absolutamente misteriosa que trasciende la inteligencia humana.” (14)

mishima tatamiLa belleza de la acción
“Es frecuente pensar en la belleza como concepto objetivo. La mujer es el bello sexo y es amada como un objeto. La belleza casi nunca guarda relación con la subjetividad. El narcisismo consiste en una intuición de la belleza mediante un desdoblamiento que permite admirarse como objeto. En cambio, la acción es íntegramente subjetiva. La acción equivale a una fuerza  que se arroja sobre un objetivo formando un lugar geométrico, y puede ser bella como la carrera de un ciervo, que sin embargo desconoce por completo su propia gracia. Por lo general, la belleza no tiene tiempo de conocer su propio encanto. Incluso se podría afirmar que es precisamente esta falta absoluta de conciencia de sí misma en donde la belleza asume su forma más pura y esencial. La belleza es fugaz, afirmó Platón, y Goethe reafirmó este concepto en el Fausto cuando escribió: ¡Belleza, detente un instante!. Con ello quería decir que la belleza se da como el relámpago. Y la única expresión objetiva y duradera de esa efímera belleza es su imitación, el arte plástico, creado a imagen de algo que está separado de la realidad, que no puede existir en este mundo.” (15)
“Cuando el hombre actúa, su belleza resplandece y luego desaparece en un instante, como si lo atravesara una invisible corriente eléctrica. Pero, extrañamente, un observador puede atrapar claramente esa belleza que dejará en él una imagen difícil de olvidar. En los poemas épicos de la antigua Grecia y en los relatos de guerra japoneses se describe detalladamente la belleza de la acción. Cada chispa que surge de ella en aquellas terribles batallas es rescatada e inmortalizada. Similares formas de belleza han quedado estilizadas en las artes marciales. Y aunque en la actualidad el Kendo haya quedado reducido en la mayoría de las ocasiones a un simple deporte, conserva, sin embargo, el Iai: en el instante en el que la espada se desenvaina se concentra la esencia de la belleza masculina. La mano izquierda se aprieta con fuerza sobre la vaina, la derecha extrae la espada y el pecho se expande mientras el brazo, con un movimiento amplio y potente, asesta el golpe mortal al adversario: cuando estos movimientos fluyen armoniosos, como el agua, en el Iai se manifiesta la belleza de los antiguos guerreros. En el Kendo es muy importante mantener la espalda erguida. Y así, en la belleza del porte, se revela la bravura: en una figura erguida, que se retrae y se extiende sin curvarse jamás, se revela la calma plena de tensión que se materializa en el combate y en la acción.
“(…) el adiestramiento tiene por finalidad la adquisición de la capacidad de mantener la calma cuando el hombre se enfrente a una verdadera situación de peligro. (…) ante la situación de peligro el individuo, aún el que actúa dentro de una situación colectiva, enfrenta una situación de absoluta soledad y se ve obligado a encontrar sólo en sí mismo la fuerza para superar la angustia y el terror. La belleza de la acción que se revela en ese instante está unida inexorablemente a la soledad. Es evidente, por tanto, que la belleza de la acción consiste en la soledad, la tensión y una pura decisión individual en la que ningún otro ser humano puede entrar. La acción no está capacitada para crear belleza cuando se encuentra perturbada por una intervención extraña, por la irresponsabilidad o por compromisos evasivos. (…)
“Pero el concepto de belleza del estilo de acción difiere del de belleza de la acción en sí misma. (…) De ello se deduce que la belleza no es sólo forma, pues el estilo de acción que se utiliza está determinado por múltiples cualidades internas.” (16)

La acción y el grupo
“Vivimos en una sociedad masificada en la que parece mucho más eficaz actuar en grupo que de forma aislada. Mejor diez que uno, mejor cien que diez, mejor mil que cien; ésta es la férrea regla de la sociedad de masas. La fuerza se calcula siempre numéricamente, y se cree que incluso la energía bélica depende sólo de los números. En cambio, la realidad es que cuanto más aumenta el número más disminuye el voltaje, y cuanto más decrece el número más sube el voltaje. Un ejemplo flagrante de ello es el terrorismo. Por lo general, los terroristas pertenecen a un pequeño grupo en el que el número tiene escasa importancia. Lo indispensable es la capacidad individual, una extraordinaria fuerza de voluntad y un sólido espíritu de cuerpo. Cuando la fuerza de cuerpo es férrea, sus partidarios renuncian a su individualidad.
“Una acción colectiva envuelve a todos los componentes de un grupo con una intensidad variable desde el centro hacia la periferia, y ello no difiere en modo alguno de la acción de las masas que componen la sociedad. (…)”
“La acción de masas es, por tanto, una realidad que presenta muchos y delicados matices y que, en el momento crucial, depende de la voluntad individual de un jefe. Para poder implicar a muchos seres humanos en el torbellino de un entusiasmo loco e irracional, y en la embriaguez de la acción, es necesario que exista un núcleo capaz de arder como en un reactor. Los individuos de este tipo son lo que conducen las revoluciones. Se trata de personalidades carismáticas, semejantes al primer núcleo que provoca la fusión nuclear; son la fuerza motriz, el corazón de la llama, y el incendio que si se libera se extiende como en una pradera en llamas. Es pues la voluntad individual, y no la acción de masas, la que altera la historia: en definitiva, la suerte de un pueblo entero queda decidida por la voluntad de un individuo. Castro, Guevara y Mao Zedong han sido o son individuos. Es necesario tener conciencia de que todas las revoluciones surgen y se encienden a partir de la llama que se libera del alma de un único ser humano.” (17)

Retrato fotográfico de Ernesto "Che" Guevara, mentor de Mishima (1962).
Retrato fotográfico de Ernesto “Che” Guevara, mentor de Mishima (1962).

La acción y la distancia
“Entre dos antagonistas existe siempre una distancia, tanto en los encuentros individuales como en las guerras. Atacar significa reducir la distancia, exponiéndose al mismo tiempo al contraataque enemigo. (…)
“En el arte del Kendo, la distancia entre los adversarios reviste una importancia decisiva, y también en el Karate existe una sutil división entre el espacio propio y el del adversario. En esta última disciplina, ambos combatientes se acercan uno a otro, paso a paso, y la capacidad de intuir el instante en el que termina el espacio propio y comienza el del adversario tiene una importancia vital. De hecho, el combatiente que ataca primero entrando en el espacio del contrario tiene más posibilidades de perder: es más conveniente ampliar o reducir el espacio propio casi como si fuere una membrana invisible.
“La distancia no es sólo espacial sino también temporal. Si un contendiente pudiera mantener constantemente la distancia que lo separa del adversario permanecería a salvo de cualquier agresión. Racionalmente esto parece posible, pero una regla básica de la estrategia bélica establece que no puede mantenerse perpetuamente un estado defensivo. Nadie ha vencido jamás en una guerra permaneciendo siempre en una posición defensiva. Esta es una regla férrea de la estrategia: quien se limita a defenderse está destinado a ser derrotado.
“(…) Para obtener espacio se necesita tiempo y cuando el equilibrio espacial se rompe lo único que queda por hacer es confiar en el tiempo. Si se reacciona en seguida con el ataque la derrota es inevitable.
“Por tanto, el tiempo representa un elemento delicado y sutil en la acción. Pero atención: si se lo privilegia excesivamente se debilita la energía necesaria para atacar, se pierde la fuerza que puede reducir las distancias espaciales. Esto es evidente en los encuentros de Kendo. Si los contendientes permanecen mucho tiempo inmóviles estudiándose pierden fuerza, y con ello se reduce su capacidad de golpear con ímpetu al adversario.
“Los extremistas japoneses han comprendido su estrategia pero saben, como sostenía Guevara, que en el caso de una revolución no es conveniente esperar a que se den las condiciones propicias sino que es necesario crearlas venciendo las dificultades, de modo que pueda ser desencadenada la revolución sólo con las propias fuerzas.
“(…) La acción no tiene eficacia si no está acompañada por una situación determinada, y cuando tal situación no existe debe crearse, concentrando todas las fuerzas en la reducción de las distancias temporales y espaciales, incluso corriendo el riesgo de una derrota.
“Pero para tener una verdadera eficacia la acción debe ser resuelta: no se puede comenzar con acciones tímidas que pondrían sobre aviso al enemigo aumentando su capacidad de defensa y que, a su vez, comprometerían el resultado de la gran acción final (…).
“Incluso para resolver los problemas de menor gravedad en nuestra vida cotidiana actuamos sometiéndonos a reglas sobre la distancia similares a la del Kendo. (…) Entrar en el espacio del adversario es un buen sistema a fin de desorientarlo, o dicho de otro modo, quien permanece en una posición defensiva no debe limitarse a proteger el espacio propio sino que debe actuar de modo que llegue a anular al adversario.” (18)

La conclusión de la acción
“En todo este tiempo en el que me he detenido a hacer disquisiciones sobre la acción, he experimentado la constante sensación de que hay algo en todo esto insuficiente. En efecto, lo que sucede es que la acción no puede expresarse con palabras. La acción, como tal, jamás podrá reflejarse con algún discurso. Cuando se intenta exteriorizarla con palabras la acción se diluye como el humo, sin dejar rastro, y cualquier intento de construir un discurso lógico sobre ella parece absurdo y ridículo a los ojos de un hombre de acción. Semejante hombre no se mueve según un sistema lógico.” (19)

III. La proclama del 25 de noviembre de 1970
Entre las cartas que Mishima escribió en la noche anterior a suicidarse, dirigió a su familia este pedido: “He arrojado la pluma. Puesto que no muero como un literato, sino enteramente como un militar, me gustaría que el carácter para espada –bu– sea incluido en mi nombre budista [póstumo]. El carácter para pluma –bun– no hace falta que aparezca.”
A la mañana siguiente, sus partícipes lo pasaron a buscar en coche. Mishima iba vestido con el uniforme de la Sociedad. Llevaba una larga espada japonesa y, en un estuche, dos espadas cortas. En el coche le entregó a un ayudante un sobre con dinero para gastos de abogado, y una carta en la que se hizo responsable del incidente. Como ocurrió con Yamamoto Tsunetomo, a los tres estudiantes que lo acompañaban les dio la orden de vivir, de no seguirlo en la muerte. Les pedía que representaran fielmente a la Sociedad frente a los tribunales. Llegaron al cuartel de Ichigaya, de la Fuerza de Defensa Propia, y se anunciaron. El comandante Masuda, que renunciaría finalizados los incidentes, los atendió cordialmente en su despacho del segundo piso. Allí lo amordazaron con un pañuelo y le ataron los brazos y las piernas con cuerdas. Mishima en su pequeño motín cerró y reforzó las tres entradas, y por debajo de la puerta deslizó estas demandas y condiciones:
“(1) que toda la División Oriental estuviera reunida delante del edificio del cuartel general a las doce del mediodía;
“(2) que se atendiera en silencio a un discurso de Mishima y unas palabras de cuatro estudiantes;
“(3) que los miembros de la Sociedad del Escudo reunidos para una asamblea en el Ichigaya Kaikan fueran llevados a la base para escuchar a Mishima y a los otros;
“(4) que desde las once de la mañana a la una y diez minutos no tuviera lugar ninguna acción ofensiva o interferencia.” (20)

En la proclama, el día en que fallece.
En la proclama, desde el cuartel de Ichigaya, el día en que fallece.

En el caso de que hubiese una interferencia de cualquier tipo, Mishima prometía matar inmediatamente al general y cometer seppuku. Las condiciones que continúan son tal vez una adaptación de la famosa advertencia de los dirigentes de la Rebelión de Febrero, protagonizada por otros mártires imperiales:

“Con respecto a las anteriores demandas:
“a. No se tendrá en cuenta ninguna modificación
“b. No se darán explicaciones
“c. No se responderá a ninguna pregunta;
“d. No se aceptará ninguna clase de diálogo o reunión.”

Cuando intentaron ingresar por la fuerza, Mishima y Morita defendieron el espacio atacando con sable. Hirieron sin matar a siete hombres, en manos y piernas, antes de que se ordenara el alto. Tres helicópteros de la policía sobrevolaban el lugar: la Fuerza de Defensa, inútil como denunciaba el propio Mishima, había pedido ayuda a la policía metropolitana de Tokyo. Antes de llegar al cuartel, Mishima había telefoneado a dos periodistas, a quienes les fueron entregados dos sobres, ambos conteniendo: una copia de la foto conmemorativa, una copia del manifiesto y dos cartas idénticas. La carta demostraba la previsión y exactitud de Mishima al hacer sus planes. Les pedía que publicaran el manifiesto entero junto a la foto, y que no se silenciara la cuestión. La proclama decía, en sus aspectos centrales:
“Hemos visto que, a causa de su obsesión por la prosperidad económica, el Japón de la posguerra ha renegado de sus propios orígenes, ha perdido el espíritu nacional, ha corrido hacia lo nuevo olvidando la tradición, ha caído en una hipocresía utilitarista y ha precipitado su alma hacia un terrible vacío. Hemos sido obligados, apretando los dientes, a asistir al triste espectáculo de una política perdida en viscosas contradicciones, en la defensa de intereses personales, en la ambición, en la sed de poder,  y en la hipocresía; hemos visto los grandes deberes del Estado delegados a un país extranjero, hemos visto el ultraje de la derrota sufrida en la última guerra no vengado sino simplemente cubierto de arena, hemos visto la historia y la tradición de Japón profanadas por su mismo pueblo. Y, por todo ello, hemos alimentado la esperanza de que el verdadero Japón, los verdaderos japoneses y el verdadero espíritu de los samuráis, perduren al menos en el Ejército de Defensa nacional.” (21)
“La idea fundamental de nuestra asociación es sacrificar nuestras vidas únicamente a fin de que el Ejército de Defensa despierte y se transforme en un glorioso Ejército Nacional. (…) Nosotros hemos decidido sacrificar la vida como una acción de vanguardia de tal movimiento, que ha de ser la piedra sobre la que se edificará el ejército nacional. (…) El principio fundamental del ejército japonés no puede ser otro que proteger la historia, la cultura y las tradiciones de Japón edificadas sobre su emperador. Somos pocos pero decididos, y ofrecemos nuestras vidas en la misión de enderezar los pilares torcidos de la nación.” (22)
“¡Sacrificar el honor para obtener ventajas! Tal vez pueda parecer lícito a los políticos. (…) Si sois hombres, ¿cómo puede tolerarlo su orgullo viril? Cuando, tolerado lo intolerable, el enemigo atraviesa la última línea de defensa, un  hombre, un guerrero, debe alzarse resueltamente.” (23)
“Pero antes de morir volveremos a darle a Japón su auténtico rostro. ¿Queréis tanto la vida como para sacrificar la existencia del espíritu? ¿Qué clase de ejército es éste que no concibe valor más noble que la vida? Ahora nosotros testimoniaremos ante todos vosotros la existencia de un valor más elevado que el respeto por la vida. Este valor no es la libertad, no es la democracia. Es Japón.” (24)

IV. Palabras finales
A las doce en punto Mishima empezó su discurso frente a un regimiento que no lo escuchó. Se apresuró, entonces, a proferir los aspectos centrales de un manifiesto que debía durar 30 minutos, y sólo duró 7. Cuando comprendió que era inútil, hizo un último llamamiento a los hombres para que se unieran a él y a sus camaradas en la muerte. Las frases quedaron ahogadas en el vocerío. Mishima y Morita, el alumno más avanzado de la Tate no Kai y tal vez su amante, gritaron tres veces Tenno heika Banzai!, y se retiraron.
Mishima entró en el despacho de comandancia y se desabrochó la chaqueta. Se sentó en el suelo sobre sus talones, de cara al balcón. Mientras Morita, con un famoso sable Seki no Magoroku entre las manos, se colocaba detrás de él, un poco a la izquierda, Mishima, convertido en el “verdadero guerrero” que había soñado y añorado mil veces, entró en su muerte. Cogió la espada corta con las dos manos y se clavó la hoja en el lado izquierdo. Despacio, fue haciéndola pasar por elvientre hasta el lado derecho. De su parte, fue un hara-kiri valiente y honorable.
Había preparados un pincel y papel especial: quería escribir con su propia sangre el carácter que significa “espada”. Pero el río de la palabra no es el río de la acción, y un remolino de dolor lo dejó sin fuerzas. Cayó hacia delante. Entonces Morita, completando el suicidio ritual, dio un golpe en el cuello que no cortó la cabeza. Volvió a golpear, también sin éxito. “¡Koga!”, suplicó, y Furu-Koga, otro estudiante, experto en el manejo del sable, decapitó a Mishima con un tercer golpe. Morita entretanto se arrodilló y se clavó la segunda espada corta en el vientre. Furu-Koga, también de un solo golpe, lo decapitó. Los dos estudiantes que sobrevivieron alinearon las cabezas de Mishima y Morita, y se inclinaron ante ellas con las manos juntas.

Las cabezas cortadas de  Mishima y Morita luego del seppuku.
Cabezas cortadas de Mishima y Morita luego del seppuku.

Marguerite Yourcenar concluye su libro sobre Mishima, un muy recomendable y breve ensayo que llamó Mishima o la visión del vacío, con la siguiente descripción de la foto de las cabezas de Mishima y Morita alineadas:
“Y ahora, reservada para el final, la última imagen y la más traumatizante; tan impresionante que ha sido reproducida muy pocas veces. Dos cabezas sobre la alfombra, probablemente acrílica, del despacho del general, colocadas la una junto a la otra, casi tocándose, como dos bolos. Dos cabezas, dos bolas inertes, dos cerebros que ya no irriga la sangre, dos ordenadores detenidos en su tarea, que ya no seleccionan, que ya no descifran el perpetuo fluir de imágenes, de impresiones, de incitaciones y de respuestas que pasan cada día por millones a través de un ser, para formar todas juntas lo que se llama la vida del espíritu, e incluso la de los sentidos, y que motivan y dirigen los movimientos del resto del cuerpo. Dos cabezas cortadas, idas a otros mundos donde reina otra ley, que producen, cuando se las contempla, más estupor que espanto. En su presencia, los juicios de valor morales, políticos o estéticos son, momentáneamente al menos, reducidos al silencio. La noción que se impone es más desconcertante y más sencilla: entre las miríadas de cosas que existen y que han existido, esas dos cabezas han existido; existen. Lo que llena sus ojos sin mirada ya no es la bandera desplegada de las protestas políticas, ninguna otra imagen intelectual o carnal, ni siquiera el Vacío que Honda había contemplado y que de pronto sólo parece un concepto o un símbolo que continúa siendo, en resumidas cuentas, demasiado humano. Dos objetos, restos ya casi inorgánicos de estructuras destruidas y que luego, una vez pasados por el fuego, sólo serán residuos minerales y cenizas; ni siquiera temas de meditación, nos faltan datos para meditar sobre ellos. Dos restos de un naufragio, arrastrados por el Río de la Acción, que la inmensa ola ha dejado por un momento en seco, sobre la arena, para volver a llevárselos después.”(25)

Notas:
(1)   John Nathan. Mishima. Biografía. Madrid: Seix Barral, 1995, p.164.
(2)   Mishima, Yukio. “Mis últimos veinticinco años”. Lecciones espirituales para jóvenes samurais y otros escritos. Trad. de Raskin Gutman, Martin. Madrid: La esfera. 2002, pp. 238-239. Se trata de un artículo publicado en el diario Sankei el día 7 de julio de 1970, en cuyo final un Mishima completamente descreído afirma: “No puedo continuar alimentando esperanzas para el Japón futuro. Cada día crece más en mí la certeza de que, si nada cambia, Japón está destinado a desaparecer. En su lugar quedará, en una punta del Asia extremo-oriental, un gran país productor, inorgánico, vacío, neutral y neutro, próspero y cauto. Con los que consideran que ello puede ser tolerable, prefiero ni siquiera hablar.”
(3)   Mishima, Yukio. “La Sociedad del Escudo”. En Lecciones…, pp. 152-153.
(4)   Mishima, Yukio. “Introducción a la filosofía de la acción.” En Lecciones…, p. 163.
(5)   Mishima, Yukio. “Introducción…”. En Lecciones…, pp. 164-165.
(6)   Mishima, Yukio. “Introducción…”. En Lecciones…, p. 167
(7)   Mishima, Yukio. “Introducción…”. En Lecciones…, pp. 176-177
(8)   Mishima, Yukio. “Introducción…”. En Lecciones…, p. 180.
(9)   Mishima, Yukio. “Introducción…”. En Lecciones…, pp. 189-190.
(10) Mishima, Yukio. “Introducción…”. En Lecciones…, p. 193
(11) Mishima, Yukio. “Introducción…”. En Lecciones…, pp. 194-195
(12) Mishima, Yukio. “Introducción…”. En Lecciones…, p. 197
(13) Mishima, Yukio. “Introducción…”. En Lecciones…, p. 198
(14) Mishima, Yukio. “Introducción…”. En Lecciones…, p. 201
(15) Mishima, Yukio. “Introducción…”. En Lecciones…, p. 202
(16) Mishima, Yukio. “Introducción…”. En Lecciones…, pp. 204-206
(17) Mishima, Yukio. “Introducción…”. En Lecciones…, pp. 212-213
(18) Mishima, Yukio. “Introducción…”. En Lecciones…, pp. 221-226
(19) Mishima, Yukio. “Introducción…”. En Lecciones…, p. 228
(20) Este manifiesto y el relato de su muerte es tomado casi textualmente de Nathan, John. Op. cit., pp. 268 a 274.
(21) Mishima, Yukio. “Proclama del 25 de noviembre de 1970”. En Lecciones…, pp. 246-247.
(22) Mishima, Yukio. “Proclama…”. En Lecciones…, p. 248
(23) Mishima, Yukio. “Proclama…”. En Lecciones…, p. 251
(24) Mishima, Yukio. “Proclama…”. En Lecciones…, p. 253
(25) Yourcenar, Marguerite. Mishima o la visión del vacío. Buenos Aires: Seix Barral. Trad. Enrique Sordo. 2002, pp. 140-141.

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