Un círculo pequeño

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Un círculo pequeño

Por Kazuaki Tanahashi
Traducido al español por Ma. Teresa Vidaurre

¿Qué pasaría si un superguerrero tuviera un estudiante torpe? Después de la rendición de Japón, todos quedaron confundidos, humillados y pobres. Japón había sido ocupado por las Fuerzas Aliadas. Todas las artes marciales habían sido prohibidas. En un pueblo rural, un viejo que cultivaba arroz y ñame también daba clases clandestinas de un arte marcial en un dojo pequeño rodeado de pinos jóvenes. Tenía alrededor de cinco niños entrenando todas las noches. Esa fue la época en la cual fui estudiante de Morihei Ueshiba, el fundador del aikido. (Éramos un grupo de niños; no había niñas practicantes en la clase; quizás la única clase de aikido en todo Japón, lo que significa que era la única en todo el mundo para aquel entonces. Mi hermano Shigeyoshi y yo formamos parte del primer grupo de aprendices de la posguerra ya que previamente mi padre había sido discípulo de Ueshiba).

947f43a03ed39628114267befd38f070Siendo un chico de 13 años a quien le encantaba el denso olor de la filosofía occidental, no era para nada físico; todos mis movimientos estaban destinados a ser caóticos. Mientras mis compañeros eran proyectados hermosamente por el maestro, yo en cambio, me aferraba a su brazo y él tenía que sacudirme.

Después de que Morihei nos proyectara, nosotros rodábamos por el piso de madera y él se arrodillaba para retenernos abajo usando tan solo un meñique y sin ningún tipo de esfuerzo. Algunas veces se sentaba sobre sus rodillas y dejaba que tratáramos de derribarlo; él permanecía muy relajado con una sonrisa y era imposible moverlo ni un centímetro por mucho que lo intentáramos. No tenía ni idea de cómo era posible que este hombre pequeño con barba blanca pudiera hacer una cuestión tan milagrosa y tampoco sabía cómo obtener el secreto del arte.

Nuestro entrenamiento con el “Gran Maestro”, como lo llamábamos, era más que nada una repetición de la misma rutina. Primero, nos emparejábamos y nos sentábamos sobre nuestras rodillas uno frente al otro. Uno de los dos le agarraba las muñecas al otro presionando fuertemente. El otro abría sus dedos por completo con las palmas hacia arriba y volteaba sus muñecas girándolas hacia adelante y arriba como un movimiento para atornillar, hasta que eventualmente derribaba a su compañero hacia uno de sus lados. A este ejercicio se le llama “movimiento con respiración”. A mi entender, así es como aprendíamos a ejercer fuerza incorporando la energía de la respiración a un movimiento corporal. “Aikido” significa “el camino de la unificación con la respiración”.

Entonces, el maestro llamaba a uno de nosotros para mostrarnos un movimiento. Le pedía al estudiante que lo atacara con una “mano de espada” (usando una mano recta con los dedos juntos y estirados como si fuera un “arma cortante”). Podía pedirnos que lo atacáramos con un puño como si tuviéramos una lanza y fuéramos a clavársela, o que agarráramos su muñeca o alguna parte de su ropa de entrenamiento desteñida. Los movimientos del maestro eran circulares, desviaba la fuerza del ataque directo del estudiante y utilizaba el impulso de su movimiento para proyectarlo.

Seguidamente, trabajábamos en parejas imitando sus movimientos. En el entrenamiento sin armas del aikido existen solamente ciertos patrones básicos, pero pueden ser ejecutados con infinitas variantes. Nosotros los aprendíamos una y otra vez.

La enseñanza básica de Ueshiba era la “no resistencia”. La idea era no oponer resistencia a ninguna fuerza venidera. Detestaba vernos forcejear o competir en cuanto a fuerza. Nos enseñó a colaborar por completo con los movimientos del compañero.

También nos hablaba sobre la “no violencia” y nos advertía estrictamente que no usáramos el arte para pelear. Para él, el aikido no era ningún tipo de deporte; no hacíamos combates ni competiciones.

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Desde su juventud, había participado en innumerables combates y se había ganado la reputación de ser un guerrero invencible. Entonces, en 1925 experimentó un momento de iluminación, a través del cual se dio cuenta de que la fuente del arte del guerrero es el amor, y poco después creó el aikido basándose en ese principio. Sin embargo, durante la expansión del imperio muchas personas fueron a estudiar con él para tratar de adquirir el arte de ganar batallas y de conquistar. Por lo tanto, antes y durante la Segunda Guerra Mundial, el aikido era una síntesis de dos elementos contradictorios: el arte del amor y el arte de la pelea.

La derrota de Japón en la guerra lo llevó a redefinir el aikido como un arte de paz y compañerismo en vez de un arte de competición y combate. Aunque podíamos haber sido vistos como un grupo de chicos criminales por no acatar la ley de prohibición de las artes marciales por mandato del Cuartel General de las Fuerzas de Ocupación, solamente éramos estudiantes del maestro pionero del arte marcial para la paz. Éramos sus conejillos de Indias.

compassionQuizás yo era su peor estudiante. Eventualmente, tuve que abandonar el entrenamiento e irme a Tokio para convertirme en aprendiz de pintor, ya que mi familia era muy pobre. No obstante, el maestro me ofreció un grado como regalo, el mismo equivaldría a un cinturón negro en la posterior comunidad de aikido, la cual realizó una adaptación del sistema de grados del judo. Cuando tenía la oportunidad de hablar con nosotros individualmente, a menudo decía: “Por favor, cuida al aikido”. Tuve la sensación de que me confiaba la enseñanza del aikido y todavía creo que soy responsable de transmitir sus enseñanzas de alguna manera.

El mundo debió haber aprendido del amargo error de haber oprimido y humillado a Alemania después de la Primera Guerra Mundial, hecho que produjo la proliferación del fascismo. Mientras que, por el contrario, la ocupación de Japón por las Fuerzas Aliadas bajo el comando del General Douglas MacArthur fue generosa y ayudó a Japón a reformularse como una sociedad democrática y pacífica.

Muchos años después de mi entrenamiento con el maestro, las artes marciales volvieron a ser legales a la vez que Japón retomaba su independencia. Mis compañeros estudiantes comenzaron a enseñar el arte en escuelas y centros comunitarios, y eventualmente alrededor de todo el mundo. El número de practicantes incrementó a miles, millones. Mientras tanto, después de haber estudiado brevemente con el maestro, me convertí en pintor. Había abandonado el camino del guerrero.

En 1977 me mudé a los Estados Unidos. Durante los últimos 30 años, el tamaño de mi pincel ha aumentado. Su mango eran tan grueso como un dedo, luego como un pulgar, un brazo, y finalmente como un cuerpo humano. Los movimientos del pincel se volvieron aún más escasos y decisivos, hasta el punto en que podía crear una pintura grande con una sola pincelada. Décadas después de la muerte del maestro todavía continuaba en el proceso de aprendizaje de sus enseñanzas, muchas veces sin siquiera darme cuenta. A través de las artes visuales, fui experimentando gradualmente lo que él demostraba en sus movimientos sutiles con una fuerza que provenía de su respiración que fluía libremente, con intensidad pero sin esfuerzo, y con un espíritu que aceptaba cualquier energía dirigida hacia él, orientándola hacia una dirección positiva.

whiteensoA principios de los años 90, utilizaba principalmente pintura negra sobre lienzos blancos. Sin embargo, cuando me pidieron participar en una exhibición en el Zen Hospice, una residencia en San Francisco a donde acuden personas que están por morir, pensé que una pintura en blanco y negro no sería apropiada ya que podía resultar ser poco alentadora o curativa para los residentes; así que decidí utilizar colores. Decidí optar por hacer un círculo Zen multicolor sobre un lienzo desplegable.

En junio de 1993, desplegué un lienzo, de aproximadamente metro y medio de ancho y dos metros de alto, sobre un panel de madera puesto en el piso del sótano de mi estudio en Berkeley, California. Luego de preparar el lienzo con una primera capa de yeso blanco, junté tiras de fieltro con hilos de rafia, una cantidad suficiente como para dibujar un línea de un poco más de 30 centímetros de grosor, y las até a una varilla de madera. Vertí sobre el lienzo cantidades generosas de pintura acrílica por aquí y por allá. Los puntos de pintura superpuestos formaron en conjunto un círculo, el cual tocaba los bordes del lienzo. La parte superior del círculo era rojo, amarillo y dorado, mientras que la parte inferior era de colores oscuros.

Mojé el “pincel” en una pintura clara apergaminada, me paré sobre el lienzo y con una sola respiración usé el pincel para hacer un trazo sobre el círculo. Las pinturas se atenuaron al unísono, formando una mezcla compleja de todos los colores, aunque reteniendo la fluidez ininterrumpida del movimiento del pincel. Pensé que era una representación justa de un mundo lleno de alegría y esperanza.

Mientras limpiaba, fui a servirme una taza de té y al regresar noté que la pintura todavía se movía lentamente por el lienzo, creando patrones similares al mármol. En la parte inferior había un charco de pintura azul oscuro que encontró un camino para llegar al centro del círculo y moverse hacia la parte superior derecha. Pude haber aspirado o secado la pintura para detener su viaje por el lienzo, pero simplemente me quedé mirando. Parecía que el círculo estaba enviando un mensaje. Después de muchas horas, el círculo dejó de cambiar; su forma se convirtió en algo parecido a la letra “Q”. La pintura dejó de ser agradable y curativa, se había vuelto perturbadora y alarmante.

Pensé en darle un nombre oscuro y fatídico a la pintura; pero finalmente decidí nombrarla “Un pequeño círculo”, en honor al muy pequeño grupo de estudiantes que aprendían de las lecciones que el maestro enseñaba en aquel pueblo. Su nombre también significa que yo esperaba crear un círculo más grande.

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Un guerrero verdadero

Un guerrero verdadero
no forcejea.

Un guerrero verdadero
no huye.

Un guerrero verdadero
no falla.

Un guerrero verdadero
no pelea.

Este artículo forma parte del próximo libro de Kazuaki Tanahashi titulado “Painting Peace”.
Para más información visite; www.brushmind.net

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