Impresiones y sensaciones del 11° Congreso de la IAF

Por Cristian Casares

Despertarse en Tokio no era tan distinto como despertarse en Buenos Aires. Por lo menos, el sol salía de la misma forma y la mañana se presentaba de la misma manera, hasta quizás rutinaria. Pero, claro está, me encontraba del otro lado del mundo.

El mundo no estaba de cabeza, como algún infante podría llegar a imaginar, aunque ciertas cosas sí lo estaban, imperceptibles en su accionar, de forma símil a la ya conocida pero vistas desde otro lugar, un lugar tan lejano como los más de diez mil kilómetros que hice para llegar hasta esa tierra extraña y dispar bajo la mirada de un occidental.

Como decía, me desperté en el Yoyogi A, edificio principal de huéspedes de los cuatro que había (Yoyogi A, B, C o D), en el National Olympic Memorial Youth Center. Al recordar mi cuarto puedo decir que era minúsculo pero totalmente funcional. Ventana que daba al predio, aire acondicionado, cama de una plaza, escritorio y una silla, todo lo que podría necesitar y todo lo que usaría en mi estadía con motivo del 11° Congreso de la International Aikido Federation.

yoyogi center
Vista desde la ventana de mi habitación, en el cuarto piso.

La vida del seminario era intensa si uno quería hacerlo en su totalidad. Si no, podía plantearse como la estadía en un lugar tranquilo, donde charlar con gente de todo el mundo, hacer contactos, conocer algo de Japón –de manera fugaz– y practicar un poco de Aikido, eligiendo las clases según fuera nuestro gusto. Yo no buscaba eso, no era mi idea. No había viajado tanto, ni por tanto tiempo, como para no abocarme totalmente a la práctica, por lo menos, en el transcurso de una semana. Así, sufrí las consecuencias de 20 clases y sus respectivas 22 horas y media de entrenamiento, pues mermaron mi pasión por la práctica durante la semana posterior al Congreso. Sin embargo, no me evitaron presenciar –a través del intenso dolor de piernas y rodillas– el increíble desfile de maestros y de practicantes 6°, 7° y 8° danes que sólo podría, hasta entonces, imaginar ver en Youtube.

Ya el primer día nos esperaba, con mucho calor, una muchedumbre de practicantes para la clase que daba comienzo al Congreso, la clase de Ueshiba Mitsuteru Sensei. Lejos de mi comprensión está qué impulso hormonal o qué fuerza por sobre nosotros nos hizo empezar esa clase con tanto ímpetu. Quizás se debió a que, con anterioridad a la misma -empezaba a las 9:30 a.m.- tuvimos que dejar algunos regalos para Osawa Sensei y para Doshu, lo cual nos retrasó ya que no estábamos muy enterados sobre cómo se disponía en su totalidad el Congreso. En fin, terminamos llegando tarde a la primera clase y sentimos la falta, yo y mi compañero, ya que somos sensibles a romper cualquier tipo de etiqueta. Faltar a la etiqueta en el país de los protocolos “sociales” era demasiado para empezar, pero la ignorancia, la emoción y el estar tan lejos de casa nos hicieron caer varias veces en faltas semejantes.

Creo que estos sentimientos mezclados fueron los que nos llevaron a dar todo en la primera clase del Congreso; gran problema, pues faltaban 3 horas y media más de clase a lo largo del día, y ya no teníamos restos ni para hacer seiza. Fue allí donde comenzó el desafío.

Sawada sensei
Expectante, a la derecha de Sawada Sensei, quien realiza tai no henka.

Nuestra odisea del primer día continuó con la clase de Sawada Toshiharu Sensei. Este maestro fue el que nos pareció que seguía más la línea de nuestro Sensei (Sakanashi Shihan); mucha toma de centro, mucha relajación de hombros y traslado de inseguridad al uke. Realmente me impresionó: no esperaba ver algo así de claro tan temprano en el Congreso. El destino, o alguien de más arriba, quiso que por fin llegara la hora de nuestro preciado almuerzo, que haríamos dentro de las instalaciones, donde había tres restaurantes bastante simples pero efectivos para dejar la panza y el bolsillo contentos. Más tarde entendí que tendríamos que haber ingerido, todos los días, muchos hidratos de carbono (pan y harinas) para devolverle al cuerpo la energía que necesitaba después de tanta práctica. Tarde lo entendí; en ese momento, comimos un curry picantón que me dejó sin aliento. Más allá de eso, pude sobreponerme con mucho jugo de durazno (mi elixir; creo que el mejor que tomé en mi vida) y nos alistamos para la siguiente clase, la clase de Christian Tissier Sensei.

A mí no me agrada su estilo, pero la clase me gustó; mostró su forma de hacer ikkyo, cómo él lo construye, y eso me pareció más que interesante para buscar en la práctica. Como dato no menor, quiero que recordemos el nombre de su uke en casi todas las técnicas: Okamoto Yoko Sensei, quien más tarde también daría clase en el Congreso (excelente clase, pero después nos vamos a detener sobre ello). Transcurrió la clase de Tissier Sensei, sin demasiados cambios, y pudimos sobrellevarla para llegar a la última clase del día, la de Asai Katsuaki Sensei: un maestro mayor, que es uno de los más graduados de la actualidad, junto con otros que veremos más adelante, al comentar las demás clases. Lo que más me sorprendió de esta clase fue la última técnica impartida, durante la cual el primer uke atacaba con ushiro kubishime y el segundo uke atacaba con tsuki al estómago, para que nage resolviera con jujinage, con los dos brazos del primer uke y con el tsuki del segundo uke. Fue muy interesante o, por lo menos, yo nunca lo había visto. Demás está decir que todas las técnicas que practicamos en las clases fueron técnicas básicas: este Congreso, en su totalidad, se jactó de versar sobre técnicas básicas, y eso fue lo que hicimos aunque, como en el ejemplo anterior, cada tanto se veía alguna técnica distinta.

El primer día se terminaba y, con él, nuestras ganas de caminar, respirar, existir… Tenía el equipo tramado totalmente empapado, después de cuatro horas y media de práctica con amplia variedad de formas, intensidades y velocidades. Me dispuse a tomar un baño reconstructor, comer y dormir todo lo que fuera posible.

Otra mañana con un techo distinto, con un techo que no era el de mi casa de la avenida Corrientes. Me desperté cansado, pero con una euforia adormecida, como de carnaval apagado. Cansado pero eufórico, contradicciones de una persona que da la vuelta al mundo buscando algo más que un paseo y encuentra nuevos colores en su paleta cotidiana. Pronto estuvo listo nuestro sintético y sabroso desayuno nipón. Café con leche frío (cómo adoré este producto en todas sus marcas y formas) y algo de panadería, ya fuera pan cuasi dulce, o con dulce de aduki, o lo que tuviéramos a mano. Más tarde conseguimos en una farmacia unas galletitas dulces que parecían energéticas y, como el precio invitaba, terminaron siendo nuestro desayuno fijo durante la semana entera.

desayuno japon
Chocolatada y galletas energéticas para el desayuno.

El segundo día nos dio la bienvenida con Kuribayashi Takanori Sensei. Clase con movimientos precisos, con mucha técnica y forma totalmente pulidas. Algunos maestros se confundían con otros ya que seguían estos patrones y no se diferenciaban tanto. Seguían una línea común de Honbu dojo, una suerte de axioma estipulado para todos ellos. En cuanto a la clase, el Sensei imprimió mucha potencia y se sentía al practicar con sus uke; si no recuerdo mal, pude hacerlo con uno de ellos.

Como comentario de apertura de clase, dijo que él sabía algo de ruso, algo de chino, algo de alemán, algo de español y, obviamente, japonés, pero que quería hablarnos con el cuerpo, que es la mejor forma de hacerse entender. La premisa principal fue que no habláramos con palabras sino que lo hiciéramos directamente con el cuerpo, mediante la práctica. Además de esto, propuso que relajáramos los hombros; no importaba si perdíamos un poco la forma de lo que se había mostrado mientras se relajaran los brazos y los hombros. Después de una hora intensa, tuvimos nuestro descanso de treinta gloriosos minutos, que eran de valor incalculable para nuestras piernas y rodillas.

Volvimos al tatami y empezamos a estirar antes de que empezara la segunda clase del día, a cargo de Kazuo Igarashi Sensei. Me gustó mucho su clase, la forma que mostraba el Sensei, y traté de imitar sus movimientos todo lo que pude, que es lo que entiendo personalmente como aprendizaje (en la medida en que eso sea posible). Claro que todo esto se vio entorpecido por mi cansancio, desmedido para estar transitando recién por la segunda clase del día. Debió ser, quizás, el tatami levemente más duro en comparación con aquel al que estoy acostumbrado en mi dojo, o habrá sido el jet lag, que supuse habría vencido durante el tercer día en la tierra del cerezo, pero por una u otra razón, el dolor se hizo presente convirtiendo suwari waza en algo realmente molesto. Al margen, quiero detenerme en un detalle del shihonage que marcó el Sensei. Explicó que había que lograr que uke se arquee para hacer la caída, que había que llevar el brazo hasta que eso sucediera, sin bajarlo bruscamente. Con ese detalle, y más movimientos básicos, terminó por hacerse justicia y tuvimos nuestro merecido receso/almuerzo, que mi cuerpo agradeció sobremanera.

Pastas, jugo de uva y calentamiento previo para iniciar la tercer dosis del día con Tony Smibert Sensei. No fue divertida (no hay nada más subjetivo que calificar de “divertida” una clase) pero no dejó de resultar bastante movida, con muchas técnicas básicas de proyección. Fue una práctica intensa debido, en particular, a mi elección de parejas para entrenar. Todos los compañeros que me tocaron en esta clase, fueran hombres o mujeres, así lo propusieron. Con esta idea en mente, elegía rápidamente entre los individuos que tenía cerca, ya se tratara del más enérgico o del más vehemente; dicho sea de paso, lo que vi entonces fueron dos facciones bastante bien marcadas de práctica, teniendo en cuenta una visión general del Congreso en sí. La primera facción de práctica la integraban quienes trataban de pulir la técnica hasta el más mínimo detalle, relajados, pero bien atentos a la forma, con agarre liviano pero siempre pegados a uno en todo momento. Eran una especie de “uke de examen” o “uke buenazo”, que trataban de seguirte a todas partes aunque nuestra coordinación se negara por momentos a responder correspondientemente. No obstante, la práctica nunca se hacía tediosa con este tipo de uke; la propuesta era otra y, por lo tanto, la idea que se buscaba era totalmente distinta a la de hacer fuerza o trabar: era obvio que, de acuerdo con ese planteo, un katatedori estoico, con mucha fuerza, no tenía posibilidades de existir o no tenía sentido. La visión aspiraba a una pareja que todo el tiempo se ayuda para llegar a algo posterior a la técnica, que supongo se dará con la acumulación de años de ese tipo de práctica. En segundo término, observamos otro tipo de practicantes, con un Aikido totalmente técnico, que buscaba pulir la técnica pero que exigía al uke severidad en el ataque y, también en algunos casos, velocidad. Los practicantes de esta facción no aflojaban nunca la marcha y probaban todo el tiempo si lo aprendido técnicamente, o si lo propio de su estilo, servía para cada uke particular o para cada situación. Sin mediar palabra, empezaba lo que sería un idea y vuelta de un “conductor” y un “conducido”, a gran velocidad, o quizás a una velocidad media, pero con mucho ímpetu, actitud y, sobre todas las cosas, mucha intensidad hasta, por momentos, rozar la fuerza. Un tercer grupo estaba compuesto por mucha más variedad de practicantes y formas de práctica, pero las dos primeras facciones me parecieron los dos grupos más grandes y marcados del Congreso.

Llegábamos a la última clase del día, a cargo de Yamada Yoshimitsu Sensei, con poco y nada de energía. En esa última clase casi quebré y estuve cerca de irme a descansar, porque mi cuerpo realmente lo pedía; la inconciencia, sin embargo, me hizo seguir contra toda voluntad. Agradezco no haberme desmayado en el tatami, pues hubiera sido un papelón que así ocurriera. Mi cuerpo se movía solo, y la técnica dictada en ese momento (no recuerdo cuál) era ejecutada pobremente por mi persona, que no entendía bien lo que estaba haciendo. Por suerte, terminamos el día sin ningún siniestro y pudimos descansar.

kamiza
En el kamiza del Congreso junto a mi compañero, Mario Sapienza (izquierda).

Un día más amanecía en Japón, y yo descubría los nudillos de mis manos marcados, debido a que del piso ya no me levantan las piernas si no que los puños hacían ese trabajo. El dolor en las piernas era elevado y su cansancio era energía que se había marchado para nunca volver. La única solución a ese problema era dejar de practicar unos días y descansar. Pero no era posible. No había tiempo para descansar. Era un desafío, aunque una parte de mí dijera entonces que se trataba de una estupidez, que no iba a ganar nada más que -con la gloria de haber construido una casa con las manos- poder contárselo a unos pocos compañeros de práctica. Aún así, sería una merecida recompensa. Lo demás era parte del camino. Con esa idea, me decidí a ponerme a punto para la primer clase del día, que en aquella oportunidad tocaba a Horii Etsuki Sensei, maestro con actitud muy dura, serio y de pocas palabras. Nada evitó que comenzara con tai no henka, como la gran mayoría hizo, lo que me trae a la memoria la clase siguiente, a cargo de Okamoto Yoko Sensei. La Sensei realizó un Tai No Henka en tres niveles o de tres maneras. La primera, a la altura de la cadera; la segunda, a la altura del pecho y, por último, a la altura de la cara o por arriba de los hombros. Okamoto Sensei enfatizó estos tres movimientos y lo hizo a lo largo del tatami y con mucha potencia. Se trata de una mujer que demuestra mucha bravura a la hora de ejecutar una técnica; tuve la suerte de tomarla, sentí el peso de su técnica y también entendí que seguir con el katatedori era mi seguro para no recibir un atemi inminente en la cara. No la conocía y quedé muy conforme con lo dado y con su Aikido.

Después del receso para comer, continuamos con Fukakusa Motohiro Sensei. Lo que más me gustó de su clase fue la actitud que marcó en su uke: insistió en que el ataque tiene que ser válido; uke tiene que efectuarlo de forma correcta, y nage debe hacer notar cuando eso no ocurre. En una de las demostraciones tomó a uno de sus uke en katatedori con casi nada de fuerza. Lo que quería enseñar con eso es que no resulta necesario colgarse del brazo del compañero, sino que se debe tomar para abrir, y pegar con la segunda mano o con la pierna; de esa manera lo estableció en su clase. Me pareció relevante ya que, en lo personal, siempre tomo con mucha fuerza, sin necesidad o sentido práctico, y la clase, sin lugar a dudas, me alertó sobre mi rol de uke.

Por fin, para terminar el día, tuvimos una gran clase con Isoyama Hiroshi Sensei; fue una de las prácticas que más me gustó de todo el Congreso. Cuánta intensidad, cuánta bravura. Hasta los uke tenían esa vieja escuela que podríamos hallar, quizás, en líneas como la de Saito Sensei (padre). Intensidad, muchos atemi y, como si no fuera suficiente, reivindicó el gokyo en la actualidad y alegó que muchos maestros ya no lo hacen en sus clases. Rindió tributo a esa técnica durante toda la práctica. Quedé totalmente conforme con ese último keiko. Aunque mi cuerpo hubiera abandonado un día atrás, mi saciedad había alcanzado un punto alto y la ducha, una vez más, me esperaba.

Cayó la luz sobre el Yoyogi A, para más tarde dar comienzo a un día nuevo sobre todo Japón. Sin haber perdido completamente el cansancio, tomamos la primera clase del día con Kobayashi Yukimitsu Sensei. Parte integrante del staff de Honbu, este maestro nos mostró un Aikido muy ortodoxo, en concordancia con lo que nos venían mostrando los restantes instructores de esta misma escuela. Con intensidad, desarrolló todas las técnicas básicas de la clase y puso notoria atención en el ataque de yokomen. Explicó que el yokomen tiene que salir igual que un shomenuchi, sólo que, al final, debe abrirse y terminar a la altura del cuello de nage. Con pesada velocidad, la clase fue llegando a su fin, y a ese término me encontraría totalmente empapado. Un detalle que no mencioné y que me sofocó todo el tiempo es la “humedad”. El clima de Tokio es muy pesado, la humedad que maneja la ciudad es más molesta que la de Buenos Aires, o mi cansancio acumulado ayudó a esta conjetura, quién sabe. Sin lugar a dudas, el ambiente estaba pesado, y todos los días lo estuvo. A esto también podríamos sumar que llovía, por lo menos cinco minutos, durante cada jornada, lo que contribuyó aún más a la permanencia de una humedad pastosa.

Nos encontró en el tatami la segunda clase del día, con Micheline Tissier Sensei. Como en el anterior caso, no me agradó su forma, pero la clase no dejó de ser movida y se pudo practicar de modo muy variado. Si bien su estilo tiene semejanzas al de Tissier Sensei, es extraño verla tan distinta, más que nada en lo que respecta a los atemi. Estos atemi cortaban todo ataque del uke y de la técnica, así que el desarrollo de las mismas se veía algo interrumpido por esta causa, y eso –por lo menos yo– nunca lo había visto en Christian Tissier Sensei. Continuamos, después del almuerzo, con Suganuma Morito Sensei. Este Sensei da mucha importancia al estiramiento, lo que nos llevó a hacer durante casi la mitad de la clase estiramientos muy variados; asimismo, comentó que el estiramiento está dividido en cuatro fases o partes, y que el ejercicio completo puede llegar a tomar una hora o más. Todos estos movimientos nos masajearon el cuerpo y le devolvieron algo de vitalidad a nuestros cansados miembros, aunque ese bienestar no perduraría.

Finalizamos la jornada con Tada Hiroshi Sensei, el senpai de la actualidad, el Sensei más graduado de todo Aikikai. Creo que, tanto esta clase como las tomadas con Asai Sensei o Isoyama Sensei, fueron clases irrepetibles. Vi al maestro tomar un uke y hacer un shomenuchi kokyuho a la vieja usanza que me dejó impresionado. Fue como presenciar una edición cristalina de un video en blanco y negro de Tohei Sensei o de Shioda Sensei; algo realmente increíble de apreciar. Ese irimi tenkan, ese movimiento de brazos. Todo, todo construía esa esencia que parecía haber sido guardada y conservada, con gran espíritu, en un relicario atemporal. Sólo verlo hacer técnica, en vivo y en directo, pagó gran parte del pasaje de avión y, por un segundo, me olvidé de mis piernas para prestar verdadera atención a lo que ahora importaba. Esta fue la única clase en la que hicimos grupos, y era gracioso ver la variedad de nacionalidades que componía el mío. Me parece que no había dos personas del mismo continente. Así se apagó la llama de esta clase, con variados grupos y muchas demostraciones que disfruté, aunque el seiza fuera insoportable para mi cuerpo.

yoyogi sunset
Así llegaba el ocaso del día y de mis fuerzas.

Descanso y amanecer, dos caras de la misma moneda allá en Japón. Una convivía con la otra y se complementaban de tal manera que siempre se deseaba la próxima, tal vez igual que en Buenos Aires, aunque sí estoy seguro de que en mi propio país no me había detenido a pensarlo de esa manera. Último día del Congreso, el cual empezó con Kanazawa Takeshi Sensei. De todos los maestros que vi allí, este era el más rápido en movimientos, el más eléctrico, sin desmerecer a nadie; sin embargo, estimo que era algo natural en él y que no lo hacía de modo deliberado. Se dispuso a mostrar técnicas dejando a su paso todo tipo de uke en breves instantes. Me quedé con un detalle de un kosadori iriminage que me gustó, aunque me resulta casi imposible traducirlo a papel ya que el recuerdo no es del todo claro. Después del debido descanso, tuvimos la clase de Sugawara Sensei, muy en la línea de los demás instructores de Honbu ya citados. Antes de finalizar restaba una clase más, la de Yokota Yoshiaki Sensei. Unos días antes de emprender el viaje pude conocerlo mediante videos publicados en la web, y esperaba una clase demoledora. Así lo fue. Hubiera deseado tener energía, pero la situación no me dio otra opción. El citado Sensei es Jefe de instructores en Honbu dojo, razón por la cual se vio un aikido elevado, formal y, a su vez, brutal. Excelente clase. Y para dar cierre al gran evento, tuvo lugar la clase de Doshu. La misma estuvo abarrotada de gente. Todos los practicantes se hicieron presentes y no había lugar ni para respirar. Aún así, se practicó en parejas y no hubo personas lastimadas, lo que constituyó un dato no menor. Al llegar el final de la misma, se pudo ver a Doshu haciendo una mini exhibición de las técnicas básicas dadas en la clase, y eso no tuvo desperdicio. ¡Ojalá pueda repetir esa clase algún día!

Para finalizar y redondear mi relato, ya que podría escribir muchas más páginas sobre los pequeños detalles de lo sucedido en el viaje, quiero decir que hacerlo es una experiencia única. Lo que vi fue un seminario a gran escala, con un alto exponente de cordialidad, marcialidad y seriedad, y estoy más que conforme. Como bien expresé, todo lo que se pueda escribir sobre este evento es poco en comparación con lo que uno experimenta al apenas pisar ese tatami verdoso de placas pesadas. Abordé todo tipo sensaciones en este Congreso, pero una de las más importantes fue la de un auto-mejoramiento, y creo que eso es algo que todos los aikidoka y artistas marciales compartimos, acaso sin saberlo. Llámenlo como quieran: el desarrollo personal, el temple del espíritu o la forja de la voluntad. Este evento, como cualquier otro seminario, grande o chico, es ahora un simple recuerdo; sin embargo, tímidamente latente, está esa propuesta solapada, imperceptible pero presente, callada pero gritando.

Espero que todos puedan tener alguna vez la oportunidad de hacerlo, y que transpiren lo que yo transpiré para tomar conciencia de lo glorioso que es el camino si no se piensa en la meta.

2 comentarios en “Impresiones y sensaciones del 11° Congreso de la IAF

  1. Horacio Verdur

    Me gusto mucho su reseña del congreso y de la practica intensa y continuada, llevada al limite y a veces mas alla. Eso es el verdadero estudio de uno mismo. Gracias por compartir con todos esta experiencia tan importante para usted. Un abrazo
    Horacio Verdur

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