Seppuku. El arte de morir

Para el samurái, el seppuku era la culminación de una vida valerosa con una muerte noble y estoica. Abrirse el vientre no solo era una forma de suicidio terriblemente dolorosa, sino que permitía al samurái exhibir su pureza interior exponiendo sus entrañas, donde residía su valor. Era, en muchos casos, un castigo legal que permitía al condenado evitar al ignominia de una ejecución. Era un modo de disculparse y un medio por el que el que había errado podía redimirse demostrando su sinceridad y lavando su propio honor, así como también el de su familia, su clan y su señor.

La función tradicional del samurái era realizar actos de valor arriesgando la vida. En consecuencia, la practica formal del seppuku formaba parte de la educación básica del samurái. El seppuku se practicaba, cuando lo permitían las circunstancias, con todo el ceremonial de un arte muy desarrollado. Sin embargo, puede resultar difícil cortar el abdomen humano, incluso con una espada afilada como una navaja de afeitar. Los tejidos son duros y tienden a hacer rebotar la punta de la espada. Por ello, el seppuku exigía al practicante una serenidad absoluta ante el dolor más atroz, una decisión inquebrantable de hundir la hoja de la espada y la fuerza de voluntad necesaria para realizar el corte de manera debida.

La espada (con la hoja envuelta en el centro que permite ser tomada con firmeza) es el elemento crítico en una representación grabada en madera de un samurái que comete seppuku. Nótese el poema suicida que se encuentra frente a él. Es inusual que ningún asistente (kaishakunin) se quede atrás, esperando a decapitar al guerrero una vez que haya completado su acción.

Lo más frecuente era que acompañara al practicante un asistente, que podía ser un amigo de confianza, un discípulo o un pariente. La misión del asistente era tan importante como la del practicante, y probablemente tenía más dificultad técnica. El asistente debía ser un hábil espadachín que, preferiblemente, solo empuñaría la espada cuando el practicante se hubiera abierto el abdomen según lo establecido.Su misión de decapitar al practicante exigía una precisión infalible, una sincronización perfecta y una presencia de animo impertérrita. Debía asestar un tajo preciso con el filo de la espada, e inmediatamente después tirar con firmeza de la hoja para cortar los tendones y los huesos y decapitar a una persona a la que apreciaba. El propósito del asistente era doble: reducir el sufrimiento del practicante, y ayudarle a morir de una manera hermosa. Abrirse el vientre sin asistente, si no se hacía con una precisión perfecta, podía convertirse en un suplicio largo y penoso, acompañado del espectáculo repugnante y vergonzoso de los intestinos saliendo. Y si el asistente ayudaba al practicante, este le devolvía el favor. El practicante, después de abrirse el vientre, debía caer hacia delante con los brazos extendidos ante el cuerpo para facilitar la tarea de su asistente. Si caía hacia atrás o de lado, sería difícil o imposible decapitarlo. Podía someter al asistente a la humillación de fallar el blanco o herir al practicante en la cabeza o, en casos más extremos, en el hombro, en la espalda o en alguna otra parte. Y el torrente de sangre debía apuntar en la dirección debida o, en su caso, en una cuba de sangre dispuesta ante el cadáver decapitado, para no producir una escena desagradable ni manchar de sangre al asistente o a los testigos.

Romulus Hillsborough
Los últimos Samuráis. EDAF. 2011

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